Es menester que sea rock…

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Rumba! Cap. 1: Aroma a chinche…

I

Apaga el velador. Oscuridad.

“Estaba usando la luz” fueron las palabras lanzadas por el viejo decrépito desde su garganta, pasando por unos pocos dientes y llegando a parte del mundo. Apuntaba a la mujer que se encontraba desnuda sobre su pecho, ella le preguntó, con algo de confusión:

-¿Cómo que estabas “usando la luz”?

-Sí, tu sombra reflejada en la pared me hacía olvidar de lo que hizo la gravedad con tus tetas, creo que era tu codo, no importa…. Lo salvó la campana, más precisamente su sobrina: Excelina, qué golpeaba la puerta.

-Es la piba que llegó para la cena, siempre tan puntual. Dijo la vieja y se vistió.

-¡Va! Gritó el hombre mayor.

Es verdad, ella siempre llegaba antes de las cenas familiares, pero era en realidad para disimular que no deseaba ir. La pasaba realmente fatal. Pero ellos no lo veían, para ellos era una mediocre hacedoras de ensaladas rusas. Esa noche se dio cuenta del conflicto, cuando llegó el tío Pocho y le dijo “seguís solita” tiró las masas finas sobre la mesa, la volvió a levantar, las tiró nuevamente tres veces y ella no entendía En realidad sí, se lo atribuía a que estaba enamorado de ella… ¿Qué otra cosa podía ser? El tío tenía una campera de cuero, muchos pelos que salían de su camisa que tenía un perfume sumamente fuerte (una mezcla de nafta, frutilla y chinche verde, según interpretó, luego de tantas cenas juntos, la nariz de Excelina). A ella le pareció bien pellizcarlo en la décima oportunidad en la que golpeaba la mesa con las masas, que ya se encontraban desparramadas, e irse llorando a su casa, mientras todos murmuraban “loca”.

Largan un feo olor cuando se sienten bajo amenaza.

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