Es menester que sea rock…

Entradas etiquetadas como ‘Cuentos’

Las hormigas, Haití y mi pija

 

“Traca- traca- traca” gritaba la rueda auxiliar mientras golpeaba el piso del colectivo, anunciando que me encontraba en un medio de transporte tercer mundista. Qué cool. Calor, nauseabundo aroma a cuerpos quemados por el sol, pudridos por un accidente: la tierra que se movió y no les avisó, huesos débiles y fáciles de romper: la tierra que siempre se mueve para el mismo lado, y avisa, de forma siniestra: al son de “We are the World” (grabado nuevamente por todas las estrellitas de la industria cultural norteamericana). Yo me sentía parte del mundo tarareando esa canción a mi manera. No conocía muy bien la letra, pero no me importaba, no mientras haga algo útil por esa gente. Recuerdo a Hades, cuándo invadió Atenas, furioso porque no le habían pagado la factura del gas, y todo el pueblo le disparaba, en vano, flechas ardiendo. Hasta que aprendieron como vencerlo: lo ignoraron, siguiendo en la suya, hasta que Hades se emboló y se tomó el palo, yo veía a unas hormigas que andaban por el piso del colectivo ¿Adónde irían? ¿Por qué se subieron a mi coche? Fui testigo de mi tamaño en esa tierra de mierda, un pelo mió en el orto de una hormiga, podía darle tortuoso placer eterno, es todo una cuestión de enfoque, pero eso ustedes ya lo saben. Acá estábamos nosotros los blancos, gigantes, tratando de sentir compasión por los hermanos de Haití. Siguiendo con nuestra tradición de imponerles lo que es políticamente correcto, respondiendo a la ecuación: negro + terremoto = bajón. E ignorando las otras formulas como Choripan + Vino + Choripan / gente que no probó en su vida un cerdo + Vino + Soda / ¿Agua potable? = indigestión. Pero bueno, siempre nos gustaron las matemáticas ¡Cuántos rascacielos nos mandamos con ellas! Así que, llegamos a la ciudad para reconstruir escuelas que fueron dañadas por la catástrofe, en realidad después nos enteramos que muchas de esas escuelas nunca habían existido. No estábamos ahí para acomodar nada, nuestros planes eran otros: yo lo sabía.

Lo leí en mi Black Berry, lo escuché en mi Satán full (cuatro puertas), lo decidí en mi Loft; vender gente desamparada; estaba bien. Era sacarlos de un infierno y recolocarlos en otro, pero con plasmas, valía la pena mi trabajo, que era de mediador entre un infierno número 9 (geográficamente castigado) y uno número 4 (culturalmente vació), valían veinte mil dólares cada chiquito huérfano ¿Saben que me dio mucha impresión del trabajo? Que me digieran: Mira que tengan todos los dientes. Me hizo acordar a años muy feos, yo no los consideraba esclavos, mi trabajo era, como dije antes, el de una persona la cual le da una segunda oportunidad a otras y recibe una gratificación por eso. Lógica pura, bebé.

El colectivo llegó a destino. Hinche: un inodoro donde por miles de años les gustó cagar a gigantescos occidentales blancos y bonitos, como yo y como Colón. El colon cargado de superioridad (alimenticia y lo que ustedes sepan, o no). Ese huevo, tómenlo, verán dos cosas: primero la metáfora de la tierra redonda (¿Cómo si a alguien le importara?) que gracias a que la golpee el Sol se vuelve opaca y brilla todo su contenido. Bárbaro, ahora volvamos al huevo. Chupenme uno. En su interior hay un pollito que se esta formando, en un espeso liquido que es una mezcla de semen con champú de limón, y lo único que vemos es ese ojo, posta, miren el video de un pollito cuando esta creciendo y hablará de la crudeza de todo esto, en la oscuridad del caparazón su ojo es todo lo que posee, y puede seguir evolucionando, para ser un pollo con fritas, un actor de televisión, un desayuno con colesterol, o llegar al codiciado, pero rutinario, trabajo de un gallo cantor.  O puede hablar francés, ser negro, y estar en un rincón de Sudamérica, teniendo cuatro años, sus dos padres muertos (ella por una enfermedad de esas boludas que se tienen y no se solucionan[1]) y soñar con ser poeta sin saberlo. Pero su destino es otro, el señor Smith no es una persona superficial realmente le importa lo que Kumbú (o como se llame) lleva dentro.


[1] Ahora que lo pienso, si de repente los psiquiatras dicen: para superar la angustias de las mujeres de clase media que se preocupan por el futuro universitario de sus chicos, y por las noches duermen inseguras de su felicidad, su fidelidad, su celulitis, sus tantas cosas del garrón en la cultura y les dicen: el mundo gasta 40 trillones de dólares al año en atidepresivos, si donáramos esa plata para enfermedades posta (no de la capucha y todo eso incomprobable)  viviría mucha gente y sería un gran paso para poder hacerle frente a la culpa que genera tanto el afuera, inmenso y siniestro. Digo, puede hacer algo, quizás se consiga que se suiciden mas mujeres blancas y los negros ahora fuerte tomen a sus maridos y los hagan felices mientras toman daiquiris, quizás ese sea su miedo.

 

 

Anuncios

Rumba! Cap. 4: Cosquilleos en la panza.

IV

Excelina corre escapando de la muerte. Lo hace a toda prisa. Ve a su bicicleta tirada al costado de la ruta que se encuentra salpicada por la sandia y decide montarla. Habían sido teletransportados desde el cuarto de hotel al lugar del accidente. La muerte se movía a paso lento y decido detrás de la chica y con un click del mouse saca unas rueditas de su zapatillas y comienza a perseguir a la chica sobre los montes que suben y bajan y son muy verdes brillantes, ideales para recorrer en una tarde templada de primavera. Era abril, que bello mes.

-No puedes escapar… ¡Tengo un jefe muy exigente! Bramó la muerte, quién era muy buena con los rollers. La muchacha se asustó más y aceleró la pedaleada.

Sus ruedas se comenzaron a derretir, la goma se iba expandiendo y cambiando de forma aleatoriamente. Comenzó a elevarse la bicicleta junto a los gritos de la chica que estaba horrorizada. La goma había tomado unas dimensiones horribles, casi llegaba a los siete metros de altura, brotaron, de ella, unos ojos oscuros y una sonrisa con miles de dientes. Cesaron los gritos cuando cayó al césped y el engendro multiformico habló:

-Terminad vuestro trabajo. Os ordeno.

-Está terminado, lo que sucede es que usted también está muerto… Dijo La Muerte, mientras se acercaba al gigantesco monstruo y cubría a Excelina para que se escondiera detrás.

-Pero… yo no puedo morir. Aseguró la mancha.

-¿Seguro? ¿Por qué es que no puedes ver tu imagen reflejada sobre aquél lago? Retrucó la parca y toda la bola amorfa giró al unísono.

-¡Un capacitador al aceite, diez y seis micros! O algo así, gritó la muerte, la verdad es que no se escuchó muy bien ya que un rayo hizo mucho ruido al caer, los volvía a telestransportar luego de resonar un “click” que hizo despertar la ira por parte de la materia oscura ya que aumentó su enojo que nació al ver su propia génesis sobre el agua del lago. Excelina se había vuelto a desmayar, sólo recordaba esa sonrisa tenebrosa y extrañaba a su bicicleta y, más aún, el cosquilleo en la panza.

Rumba! Cap. 3: Tradición.

III

Acariciaba sus pelos, no los sentía, pero pasaba sus manos cubiertas con un guante negro, intentando, en vano, encontrar una caricia que lo haga sentir algo humano, quizás pudiera entender porque se esforzaban tanto en querer seguir viviendo cada vez que él interrumpía con su presencia la triste decadencia mortal.

No era su primera vez. Se sinceró y acordó de ella. El lenguaje no se había inventado todavía. Sonríe. Quizás si estaba inventado. Tenía que llevar otro cuerpo para el jefazo.

Los humanos no habían ni “inventado” las iglesias. Sus últimos segundos de vida iban a ser junto a ese arroyo, antes de ser comida de un deinosuchus, un cocodrilo que medía cerca de quince metros. Su accionar fue implacable. Clavó su punta de lanza, adornada con unas plumas de una terrible vorona y salvó la vida de la monomujer. A quién se le había acercado, luego, con intenciones sexuales y nada salió bien. Esta mujer tampoco lo había tomado seriamente: intentó comerlo. Tenían más dientes los humanos-no-religiosos y usaban su apéndice. Músculo que se debilitó con el avance del cerebro, que entre otras cosas, aprendió cómo sacar apéndices para salvar vidas.

Entre todas esas luchas que tenía en su mente, el canto de esa mujer de la prehistoria seguía acosando a la muerte. En esa época no se le daba importancia a los humanos, al jefe le daba lo mismo que deje de matar un mono-cantor y en su lugar lleve un cocodrilazo, que es lo que era el deinosuchus. Llegaba a buscarla, puntual cómo siempre, su lema es “Treinta y siete millones de años de puntualidad”, era un pantano con hojas enormes, mucho verde, la mamá mona pescaba con una precaria caña de bambú. La parca apareció frente a ella y sabía que lo que había picado no era una presa de fiar. Vio los ojos de felicidad de la peluda con huesos y se conmovió. Prometió que no lo volvería a hacer y allí estaba con esos pelos en sus manos. Excelina despertó, estaba enojada. Sus ojos decían: “te quiero comer”.

 

Rumba! Cap. 2: el rodar de la sandia.

II

Amaneció, seis horas después se levantó de la cama. No tenía nada que hacer y había estado toda la noche dando vueltas en la cama intentando planificar algo para su vida. Cuando se despertó lo supo: sandias.

Pensó que una buena forma para acercarse a su embarazo (tan deseado) era teniendo antojos: no se equivocó. Así qué… Se puso un jardinerito, salió de la habitación, comió algo (sola, como siempre) y se fue en búsqueda de su gran óvalo.

Era un día ideal para andar en bicicleta, contaba con viento a favor y unos veinte cómodos grados de temperatura, se alejó del pueblito y llegó al puesto de sandías que se encontraba sobre la ruta en el kilómetro treinta y nueve. La ruta tenía muchas subidas y bajadas que volvían muy divertido su viaje por las cosquillas que despertaban en la panza.

-Cuatro pesos. Le dijo el gordo desagradable que se encontraba todo transpirado por pasar nueve horas bajo la furia del sol, estaba acomodándole la gran fruta en su canasto.

– Muchas gracias. Dijo ella y se puso a pedalear, nuevamente. Ahora iba contenta, y para celebrarlo se puso a cantar:

Ay Adrián,

Tu sonrisa es de alquitrán

Cuando te ríes se va todo mal

¿Dónde estás?

¿Por qué te fuis-.

Una piedra interrumpió el canto y el andar de la bicicleta. El pavimento quemó su cuerpo, vio frente suyo a la sandía que era triturada por las ruedas de un camión que venía ferozmente hacía ella junto a toda la roja pulpa y sintió una patada en la cabeza que la hizo correr. Todo se le puso negro.

 

Sandias en el macetero frente al cuarto de la terraza,

Sandias que se mueven en la foto, esa, que está acostada en el asiento, azul trasero, de un coche. Sandia que explota.

-¿Cómo sigue? Dijo una voz oscura.

-¿Cómo sigue… qué? Excelina murmuró, e intentaba recuperar la conciencia derramada sobre el césped.

-La canción que cantabas. Interrumpí mi trabajo para saber cómo termina;

Soltó con dulzura en el momento en que ella lo iba entendiendo todo. Lo vio y no supo si sentirse amenaza, asustada, contenta o si estaba en el infierno, el paraíso o Nueva Zelanda. Quizás se encontraba en un mundo paralelo, un mundo cibernético. Parecía un wallpaper de Windows[1]. Y allí estaba él: medía casi dos metros, de postura tímida, con un ropaje negro de lycra que cubría todo su cuerpo. Su rostro era un perfecto circulo amarillo patito, con dos puntitos negros (simétricamente: iguales), no tenía nariz y su boca era una línea horizontal negra de unos siete centímetros de largo y dos de ancho que se iba ampliando cuando largaba sus palabras: ¿Te importaría seguir cantando?

-¿Estoy muerta? Preguntó Excelina y se sentó.

-No todavía. El árbol que pensaste: no existe.

-¿Qué queres decir? Se mostró inquieta.

-Soy la muerte, venía a llevarte pero hubo cambios de planes. No te alborotes. Sentenció.

-Jajaja. Rió y agregó. ¿Alborotarme? Pensé que eras una calavera con una guadaña, unos ojos rojos, una túnica flecada y no un emoticon con patas.

-Es que tenía que actualizarme, ustedes se basan en mi imagen de los tiempos bíblicos cuándo yo, en realidad, cada 200 años, cambió de look. A veces, hasta me adapto a distintas culturas. Una vez, cuándo trabajaba en el oeste africano, había una tribu que representaban a la muerte con mandriles, así qué… imagínate mi atuendo, aaaah! ¡Qué épocas!

Excelina se levantó y comenzó a andar.

-¿Dónde te vas? Exclamó la muerte.

-¿Por qué te fuiste? ¡Oh! Adrián, te olvidaste el gavilán. Así sigue la canción. Muy interesante tu historia pero debo marcharme. Se disculpó.

-No puedes marcharte, no ahora que conoces mi rostro. Intentó sonar amenazante, sacó un mouse de su bolsillo y señaló a la chica.

-Un consejo: cámbiatelo. Cruzó los brazos y sonrió indiferente.

La muerte hizo un click con el mouse y se telestransportaron los dos a un amplio cuarto de hotel. Delante de la chimenea dio otro click y se transformó en Brad Pitt.

-Ahora puedes decirme Joe.

-Esto se puso más tenebroso, por favor…¡Decime lo que queres de mí! Me duele la cabeza…Decía asustada mirando a su alrededor.

Volvió a transformarse en un emoticon con patas y dijo:

-No quiero asustarte, es que hace tiempo que no hablaba con un mortal interesante y… Sus palabras dejaron de salir de la línea negra recta, el techo del hotel se desplomó, toda la habitación se llenó de polvo y desde el piso de arriba un terrible hedor se esparció acompañado de unos nueve largos tentáculos azules que medían unos ocho metros de largo cada uno.

– ¡Debemos irnos! El patrón me está buscando. Tomó de la mano a la señorita y le dio otro click al mouse en el momento justo en que el tentáculo tiraba una bañadera desde el baño del piso 10, ellos estaban en el 9.

 

Rumba! Cap. 1: Aroma a chinche…

I

Apaga el velador. Oscuridad.

“Estaba usando la luz” fueron las palabras lanzadas por el viejo decrépito desde su garganta, pasando por unos pocos dientes y llegando a parte del mundo. Apuntaba a la mujer que se encontraba desnuda sobre su pecho, ella le preguntó, con algo de confusión:

-¿Cómo que estabas “usando la luz”?

-Sí, tu sombra reflejada en la pared me hacía olvidar de lo que hizo la gravedad con tus tetas, creo que era tu codo, no importa…. Lo salvó la campana, más precisamente su sobrina: Excelina, qué golpeaba la puerta.

-Es la piba que llegó para la cena, siempre tan puntual. Dijo la vieja y se vistió.

-¡Va! Gritó el hombre mayor.

Es verdad, ella siempre llegaba antes de las cenas familiares, pero era en realidad para disimular que no deseaba ir. La pasaba realmente fatal. Pero ellos no lo veían, para ellos era una mediocre hacedoras de ensaladas rusas. Esa noche se dio cuenta del conflicto, cuando llegó el tío Pocho y le dijo “seguís solita” tiró las masas finas sobre la mesa, la volvió a levantar, las tiró nuevamente tres veces y ella no entendía En realidad sí, se lo atribuía a que estaba enamorado de ella… ¿Qué otra cosa podía ser? El tío tenía una campera de cuero, muchos pelos que salían de su camisa que tenía un perfume sumamente fuerte (una mezcla de nafta, frutilla y chinche verde, según interpretó, luego de tantas cenas juntos, la nariz de Excelina). A ella le pareció bien pellizcarlo en la décima oportunidad en la que golpeaba la mesa con las masas, que ya se encontraban desparramadas, e irse llorando a su casa, mientras todos murmuraban “loca”.

Largan un feo olor cuando se sienten bajo amenaza.

-I-

No le cabían todas las ovejas en la parte trasera de su camioneta. La lluvia de ese frío agosto hizo apurar a El Enano a hacer lugar. Juntó las herramientas de hilar y las guardo en la parte delantera del coche. Se le resbaló una llave inglesa de sus mojadas manos y golpeó sobre el piso, cuando se agachó para juntarla vio sobre su hombro solo barro, con huellas de ovejas pero ninguna oveja. Habían desaparecido todas.
Siempre se la pasaba en el bar presumiendo con los muchachos del pueblo: ¡A ver quién tiene la historia más emocionante! Pensar que esa fría tarde de agosto le había pasado. Lo que le paso a El Enano era algo que superaba a la legua a la falsa historia (nadie la creía, pero la contaba tanto que terminó convirtiéndose en un mito) de El Cangrejo Capriccioni. Pero así de guacho es el destino, él no vivió para contarla y el Cangrejo sigue en el mismo lugar del bar y su historia es tan bonita que debe ser contada con lujos de detalles, como a él le gusta. Permítame. El Cangrejo Capriccioni no era el Cangrejo antes de su viaje a las Toninas en el 84. No era nadie. ¡Bah!, en realidad era Luis Capriccioni, un cuidador de caballos sin caballos. Típica historia del sur de Santa Fe. Donde un gringo llega a la Argentina para hacer guita y termina deslomándose bajo el sol. En el caso de Luis era cuidando a unos caballos, lo único que encontró fué a una familia adinerada que le tiraba unos pesos para que cuide de que no le roben unos caballos árabes a los que trataban como si fueran de la familia. Nunca dejaban que él los galopeé. Decía por lo bajo todos los días:
-Frisones de mierda…
Una tarde, no aguantó más y se fue a la mierda con todos los caballos para el mar. “Oligarcas de mierda”, -grita siempre cuando cuenta esta parte para los muchachos del bar. ¡Dice que llego hasta las toninas! Con los caballos, y que entró a capital por la 9 de julio y siguió por la costa. Cuenta que andaba borracho saludando a la gente que paseaba por florida. Qué todos se reían cuando él desafiaba a los taxis con el frisbon para hacerles carreras. El frisbon porque que cambio a los otros cuatros por mucho whisky antes de entrar a Buenos Aires.
“Para cuando llegue al mar… ¡Tenía tal pedo! Me bajé y miré a los ojos al frison, ya no tenía ganas de que sea una mortadela, no sé si era la brisa del mar, el pedo, o que… pero les juro muchachos: Era un amigo más.
– En esta parte, siempre frena y con un gesto solemne se toca la frente. Y sigue:
Estaba muy linda la noche, y estaba lejos de la ciudad… Estaba roto de tanto galope y para colmo no veía muy bien por la mama, así que até Marcos (el caballo árabe) en una piedra, y me dormí arriba de la piedra. Me dormí como una piedra. Y de repente: ¡Plaf! Siento que me pellizcan la cara. Abro los ojos y lo que tengo adelante es una cara horrible, era un extraterrestre, se los juro, ¡me cagué en las patas! Llevo mis manos a la cara manoteó y veo que es un cangrejo. El muy puto me pellizco con sus tenazas. Me levanto y había como un millón de cangrejos, no se de donde salieron los muy guachos, ni donde me fui a dormir, pero nos habían invadido. No se si se lo comieron al caballo, pero su soga estaba rota, capaz que se escapó… no se. Pero me desperté solo y con resaca en medio de una playa alejada de las toninas”.
Por decisión unánime, Luis Capriccioni, paso a llamarse Cangrejo Capriccioni.

Nube de etiquetas