Es menester que sea rock…

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Chorme me cagó el titulo copado

Tenía dos palabras largas y divertidas qué creo que las inventé yo. ERa mucho mñas acriptica e enigmatica y al mismo tiempo hablaba de lo que pasó. Claro que eso sería una foto. Pero no eran gladiadores luchando, a color sepia que se movían todo el tiempo, golpeando sin ganas de saltar a una cama suave cómo un montón de algdón. No, era un titulo que se olvidó, de todo esto, de estas teclas miradas, pero no observadas, de esta pantalla olvidada. Hablaba de cuándo llegué tarde pero en realidad era temprano. O era alrevez. Tenía que cambiar o comprar dólares, llegué para cuándo habían cerrado, el señor (un gordo con traje) me hechó, y seguramente pensó en la inseguridad, o en lo boludo que soy. Me hechó y llegué temprano, faltaba más de una hora para qué nos veamos. Ví. El relojo fue lo que ví. De mi celular, la llamé, faltaba. Miré la cúpula de la bolsa de comercio, hacía mucho calor, pleno centro,  con dólares. Sí, eran dólares.

Voy a fumar mucho esperando (pensé) mejor me compro una gaseosa y algo para comer (necesitaba intercalar los cigarrillos) voy a estar quieto mientras todos camina, mejor me voy a tomar algo por allí. Entonces hice lo que hacen todos los rosarinos cúando están al pedo: recorro la peatonal de punta a punta.

Había muy poca gente y muchos mosquitos. En la recta que me llevaba a buscar un poco del aire del río me frenaron dos chicas y me pidieron el celular para mandar un mensaje. Curiosamente: tenía crédito. Me explicaron algo de Mc Donalds, promociones, un flaco que las esperaba, me agradecieron por haberles prestado el celular, dijeron qué era raro, qué había miedo y qué las tomaban por chorras. Me sorprendí, no parecía para tanto, aunque sí, son muy forros los chetos rosarinos. Tenían razón.

A los doce metros pasa junto a mi derecha ese clavo oxidado con cianuro en el talón que todos llevamos perforado. Grito su nombre, haciéndo uso del poder de mis pulmones limpios, no estaba fumando, terminaba de tomar un trago de coca-cola, tenía la garganta aclarada por haber hecho uso del habla con las dos morochitas y grité su nombre, resonó con eco, era la esquina de Córdoba y Buenos Aires. Esa esquina también me trae otros recuerdos, qué no estaban presentes antes de escribir esto. ¡LOS COSMOS! Se dio vuelta, me vió y dijo “¡Ay, Lisandro!”. Y volteó rápido la cabeza, hacía meses que no la veía, la vi más flaca y me dio bronca. Me odié por interpretar y asociar el “ay”  a un dolor.  Ella siguió, llevándose puesta la ciudad, era mucho para frenar. Crucé la calle y me senté en la plaza a esperar. En circulos las madres y abuelas daban vueltas. Comí una galleta club social, qué estaba muuuuy derretida, era de cebolla, me pareció un espanto, odio la cebolla. Allí estaban las madres del amor y yo con tanto odio, daban vueltas, no llegaban a la veintena, pensé en sumarme, pero me pareció que estaba mal hacerlo por un ratito. Así que me quedé mirando, cómo se incorporaba gente, un chico de unos treinta años, traía un cochecito y una barba candado en su cara, era desprolija (obviamente qué no era cómo la del gordo de la casa de cambio).  Y bueno, se saludaban muy cariñosamente, enfrente había unos punk’s tomando birra y fumando faso. Me sonó el telefono, la chica estaba “libre”.

Pautamos una dirección, fuí. En el camino me fume otro cigarrilo. Volví a cuestionarme que estaba bien, que me iba a encontrar con una no-fumadora, así que no iba a fumar por un tiempo. Aunque terminé fumando varios cigarrillos y fui picado por muchos mosquitos. Nada pasó. No conseguí ningún tipo de cambio. Llegué tarde.

555*Me llegó un mensaje más tarde, de un desconocido qué decía:  “no estoi en mcdonalds”.

Ella abotona

Ella abotona, prolijamente, los botones de la nueva camisa de seda. Demostrando así su destreza para verse radiante diariamente.

Él afila, con movimientos toscos, la punta de una botella  de toro viejo. Ocultando así su necesidad de verse radiante diariamente.

Marginales, pero exitosos, los chinos controlan esas maquinas gigantezcas que escupen diminutos botones, y esperaban que lleguen a esas dulces manos, de la nena contenta que estira su camisa. Y sale sonriente a la calle.

Con salarios mínimos, y respondiendo a las condiciones de una industria poco feliz (es una verdad compartida que la tristeza que provoca trabajar en una fabrica embotelladora donde no se sopla la botella, “hacer botellas era lo de antes” siguen resongando los antiguos de la profesión). Todos los día cuando ven esas cintas cargar centenares de botellas procesadas por el gigante de metal, claro que esperan que se les cargue de vino hasta el tope y pasen a un siguiente galpón donde le pondrán un corcho. En el transcurso, miran las botellas, y la visión compartida es que ese vino será para festejos, claro que siempre hay un señor Rodriguez que piensa que ese vino no será para celebrar un encuentro, como piensan casi todos, sino que pondrá furioso a un padre laburador, que llega cansado a su casa, aumentan los servicios, cada vez hay menos variados menúes a la hora de la comida, me tenes como tu sirvienta, me cansaste, plánchate solito tu ropa, puta de mierda, toro viejo, y la quema.

Él está jodido. Mamá hace mucho que no está. “Hace mucho tiempo”, se acuerda todas las noches, aunque no quiera, su estomago se lo hace recordar de cuando estaba lleno. Que se caguen. Me lo sacaron todo. Ellos fueron, ellos pasan y me ningunean, se hacen los ocupados hablando por teléfono por miedo a que les pida un cigarrillo (llevan uno con la otra mano) ¿Alguna vez te tomaste una botella de toro viejo, con el estomago vació de dos días, a las 9 de la mañana? “¿Porqué no lo gastas en comida?”, se atrevió a decirme una vieja, con esos aires de solemnidad que tienen las viejas como las nenitas, que hablan sin asco porque no se les puede pegar, pero bueno la vieja me agitó que porque no lo gastaba en comida, claro señora, el vino sale 5 pesos, lo mismo que un plato de comida, correcto señora, pero el plato de comida no marea, no me hace olvidar, hay muchas cosas que olvidar señora, usted tiene suerte porque tiene Alzheimer. Y se tomá. Se vaciá la botella. El estomago esta lleno nuevamente. De venenos, pero significativos al fin.

Bienvenida furia. Me entrego a ti, madre de toda mi existencia, destruyamos juntos, empecemos por la botella. Crashhh. El primer paso cuesta. Antes me aguantaba más botellas, cuando uno cumple cuarenta años el hígado se pone muy traidor ¿A dónde puta voy? Me cuesta muchísimo caminar ¿Por qué no quedarme tirado un rato en la esquina? Ah… cierto, la policía. Yo no voto ¿Sabían? ¿Qué onda la gente que pone esas piedritas que cortan en los frentes de la casa? Primero rayó mis nudillos, luego la punta del filo de la botella partida. Ahora era alguien. Y quería gritar, festejar mi nuevo yo, esos botones me llamaron, pensaba que era más temprano, pero por suerte ya estaba oscureciendo, había dormido hasta tarde, nuevamente, pero eso me aventajó cuando la cruce a ella, que venía apurada por el parque, seguramente con miedo.


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