Es menester que sea rock…

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-I-

No le cabían todas las ovejas en la parte trasera de su camioneta. La lluvia de ese frío agosto hizo apurar a El Enano a hacer lugar. Juntó las herramientas de hilar y las guardo en la parte delantera del coche. Se le resbaló una llave inglesa de sus mojadas manos y golpeó sobre el piso, cuando se agachó para juntarla vio sobre su hombro solo barro, con huellas de ovejas pero ninguna oveja. Habían desaparecido todas.
Siempre se la pasaba en el bar presumiendo con los muchachos del pueblo: ¡A ver quién tiene la historia más emocionante! Pensar que esa fría tarde de agosto le había pasado. Lo que le paso a El Enano era algo que superaba a la legua a la falsa historia (nadie la creía, pero la contaba tanto que terminó convirtiéndose en un mito) de El Cangrejo Capriccioni. Pero así de guacho es el destino, él no vivió para contarla y el Cangrejo sigue en el mismo lugar del bar y su historia es tan bonita que debe ser contada con lujos de detalles, como a él le gusta. Permítame. El Cangrejo Capriccioni no era el Cangrejo antes de su viaje a las Toninas en el 84. No era nadie. ¡Bah!, en realidad era Luis Capriccioni, un cuidador de caballos sin caballos. Típica historia del sur de Santa Fe. Donde un gringo llega a la Argentina para hacer guita y termina deslomándose bajo el sol. En el caso de Luis era cuidando a unos caballos, lo único que encontró fué a una familia adinerada que le tiraba unos pesos para que cuide de que no le roben unos caballos árabes a los que trataban como si fueran de la familia. Nunca dejaban que él los galopeé. Decía por lo bajo todos los días:
-Frisones de mierda…
Una tarde, no aguantó más y se fue a la mierda con todos los caballos para el mar. “Oligarcas de mierda”, -grita siempre cuando cuenta esta parte para los muchachos del bar. ¡Dice que llego hasta las toninas! Con los caballos, y que entró a capital por la 9 de julio y siguió por la costa. Cuenta que andaba borracho saludando a la gente que paseaba por florida. Qué todos se reían cuando él desafiaba a los taxis con el frisbon para hacerles carreras. El frisbon porque que cambio a los otros cuatros por mucho whisky antes de entrar a Buenos Aires.
“Para cuando llegue al mar… ¡Tenía tal pedo! Me bajé y miré a los ojos al frison, ya no tenía ganas de que sea una mortadela, no sé si era la brisa del mar, el pedo, o que… pero les juro muchachos: Era un amigo más.
– En esta parte, siempre frena y con un gesto solemne se toca la frente. Y sigue:
Estaba muy linda la noche, y estaba lejos de la ciudad… Estaba roto de tanto galope y para colmo no veía muy bien por la mama, así que até Marcos (el caballo árabe) en una piedra, y me dormí arriba de la piedra. Me dormí como una piedra. Y de repente: ¡Plaf! Siento que me pellizcan la cara. Abro los ojos y lo que tengo adelante es una cara horrible, era un extraterrestre, se los juro, ¡me cagué en las patas! Llevo mis manos a la cara manoteó y veo que es un cangrejo. El muy puto me pellizco con sus tenazas. Me levanto y había como un millón de cangrejos, no se de donde salieron los muy guachos, ni donde me fui a dormir, pero nos habían invadido. No se si se lo comieron al caballo, pero su soga estaba rota, capaz que se escapó… no se. Pero me desperté solo y con resaca en medio de una playa alejada de las toninas”.
Por decisión unánime, Luis Capriccioni, paso a llamarse Cangrejo Capriccioni.

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