Es menester que sea rock…

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Rumba! Cap. 3: Tradición.

III

Acariciaba sus pelos, no los sentía, pero pasaba sus manos cubiertas con un guante negro, intentando, en vano, encontrar una caricia que lo haga sentir algo humano, quizás pudiera entender porque se esforzaban tanto en querer seguir viviendo cada vez que él interrumpía con su presencia la triste decadencia mortal.

No era su primera vez. Se sinceró y acordó de ella. El lenguaje no se había inventado todavía. Sonríe. Quizás si estaba inventado. Tenía que llevar otro cuerpo para el jefazo.

Los humanos no habían ni “inventado” las iglesias. Sus últimos segundos de vida iban a ser junto a ese arroyo, antes de ser comida de un deinosuchus, un cocodrilo que medía cerca de quince metros. Su accionar fue implacable. Clavó su punta de lanza, adornada con unas plumas de una terrible vorona y salvó la vida de la monomujer. A quién se le había acercado, luego, con intenciones sexuales y nada salió bien. Esta mujer tampoco lo había tomado seriamente: intentó comerlo. Tenían más dientes los humanos-no-religiosos y usaban su apéndice. Músculo que se debilitó con el avance del cerebro, que entre otras cosas, aprendió cómo sacar apéndices para salvar vidas.

Entre todas esas luchas que tenía en su mente, el canto de esa mujer de la prehistoria seguía acosando a la muerte. En esa época no se le daba importancia a los humanos, al jefe le daba lo mismo que deje de matar un mono-cantor y en su lugar lleve un cocodrilazo, que es lo que era el deinosuchus. Llegaba a buscarla, puntual cómo siempre, su lema es “Treinta y siete millones de años de puntualidad”, era un pantano con hojas enormes, mucho verde, la mamá mona pescaba con una precaria caña de bambú. La parca apareció frente a ella y sabía que lo que había picado no era una presa de fiar. Vio los ojos de felicidad de la peluda con huesos y se conmovió. Prometió que no lo volvería a hacer y allí estaba con esos pelos en sus manos. Excelina despertó, estaba enojada. Sus ojos decían: “te quiero comer”.

 

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